domingo, diciembre 31, 2006

Sus historias son, en general, tristes

SUS HISTORIAS SON, en general, tristes; amén de melancólicas y amargas; la de hoy no es excepción. Le gustaría tener otro tipo de historias, pero a Carla Reé no le queda mas que soñar; sus historias verídicas la deprimen.

Hace dos años, exactamente, Jacinto estaba en Europa; en algún lugar peregrino como Copenhague o ¿Ámsterdam o Berlín? Jacinto, ya había viajado mucho; Carla, casi nada. Según Jacinto, Europa no era la misma sin ella; Carla, no había ido más que una sola vez a estados unidos. Jacinto le había estado enviando tarjetas postales desde los lugares que visitaba; pero Carla no las recibiría sino hasta meses después, cuando la relación con Jacinto fuera inexistente.

Cuando Jacinto regresó le contó como había pasado el año nuevo. Le contó que en la ciudad de Quien-Sabe-en-Donde –en pleno hervor turístico-, la gente se junta en la plaza, antes de la media noche hacen su respectivo conteo regresivo, e inmediatamente empieza un waltz (fue música de Bach pero el no tenía ni puta idea) y todos bailan… todos. A Jacinto lo sacó a bailar una rubia; esto se lo dijo después de, locuazmente, contarle que toda la gente de ahí es alta y rubia y guapísima. Carla elucubró la plaza, con todos sus adornos, irisada con luces; la noche gélida; la música traída por la brisa nocturna, en sordina, inmaterial y soñada, que creaba una especie de cúpula que envolvía la plaza con todo lo que en éste había: gente espectral. Fue la fiesta de año nuevo perfecta para cualquier músico, escritora o lectora solitaria.

Ahora, Carla sabe que Jacinto, en uno de sus últimos viajes a Europa, estuvo viviendo en X, trabajaba en Y; pero fue en Z en donde embarazó a su amante. Jacinto se casó y ya tiene una nueva familia con quien pasar más noches viejas en lugares nada inhóspitos. Mientras, Carla se tiene que conformar con tomar ponche, cenar pozole, salir al segundo patio; ver los fuegos artificiales –que semejan estrellas fugaces- de San Charcos, escuchar, por encima del griterío generalizado, los balazos, rancheras, bachata, salsa y reguetón; comer tamales (eso sí, buenísimos), tomar atole de zitún, sentarse en una fría silla de metal junto a su mamá para escucharla (mas bien puro argot e interjecciones) chismear con las demás vecinas, ver a su papá agarrar una pea de campeonato y mirar lujuriosamente a las demás mujeres; y sobretodo, tiene que ver como todos (en especial todas) están acostumbrados. Todos bailan… todos.

1 comentarios:

J.S. Macotela dijo...

Vaya, la vida es dura de muchas maneras. Me gustan este tipo de historias breves, como pequeñas manchas (quiero decir "spots"; en inglés suena mejor) de realidad: la vida de una persona mostrada en un momento particular un momento muy revelador. No sé si soy claro, me parece que no. Quiero decir que estas pequeñas historias breves no por ser cortas tienen menos, sino que hay algo ahí muy chido. La brevedad, cuando no es el fin, cuando es natural, es maravillosa, creo... bueno, ya me estoy viajando.

Chido :)