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La Hermosa ciudad Colonia del Valle (Av., Insurgentes Sur esquina con Félix Cuevas):
Salen del cajero automático al lado del banco. Es un día cargado de luz que irradia vida. Los andantes disponen de las banquetas; por descontado apresurados como siempre, y los carros van raudos por las calles de México, que se suceden una tras otra, deteniéndose en el señalamiento de la esquina y continuando. Salen distraídos y felices por alguna estupidez que él le habrá dicho. Se está carcajeando y ella a punto de; se abrazan y caminan juntos rumbo al Parque Hundido.
En ese momento el automóvil, un vetusto Valiant negro, frena junto a ellos asustándolos por el rechinido de las llantas. La abraza, la aparta, y se quedan estáticos sintiendo el sabor a hierro en la boca y la adrenalina en el estomago. Esperan a ver si los del carro entran, y asaltan el banco o hacen otra cosa. Quieren irse, pero se quedan.
Los hombres se aproximan, y se aterra porque ella está ahí, no tanto porque le fueran a robar; pero no hace nada, se queda parado, viendo como se les acercan, mientras ella, aun estoica, se esconde tras de él oprimiéndole la mano. Él espera a escuchar que le digan algo; pero en lugar de eso uno de los hombres, poco más alto que él y más fornido, lo tumba de un golpe en la boca del estomago. La falta de aire lo incapacita, pero es muchísimo más dolorosa esa frustración de impotencia al no poder defenderla.
El otro (asiendo un desarmador) la toma del brazo. No forcejea mucho, pero grita su nombre para que vaya a defenderla y llora. Sigue implorando y empalidece como si se fuera a desmayar. Escuchando sus lamentos ininteligibles, sigue tirado en el piso, se revuelca y al ver que se la llevan empieza a derramar lágrimas porque no se puede ni arrastrar. Una mueca de dolor se instala en su rostro cómo si lo hubieran apuñalado; pero no grita, es incapaz siquiera de gemir, se ha vuelto mudo. Nunca se había sentido en esa especie de purgatorio indefinido.
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Le gusta ir en la parte de atrás del carro. Se relaja, observa todo con melancolía y se imagina que se ve como en una película; incluso escucha su soundtrack. Lleva sus audífonos porque la música lo hace ver las cosas de distinta manera y viceversa. De vez en cuando observa a alguien que le provoca “pintarle dedo”; pero muchas veces advirtió que, de haberlo hecho, lo hubieran podido alcanzar en el alto del semáforo enseguida. Otras veces fue la víctima cuando algún carro pasaba, y alguien desde adentro le gritaba o aventaba algo. Entonces, él observaba como se detenían a pocos metros por el semáforo y pensaba: “Si corro lo alcanzo… fácil”; pero no tenía caso, eran varios, él no era violento y nunca se había peleado.
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Se acuerda de su ineludible niñez; de la primer niña que le gustó, y como le lloraba en las noches porque ella era más grande, y él un perdedor (ante todos los demás y en ese tiempo para el mismo también), de sus pensamientos suicidas, de su soledad y de cómo odió su infancia; de la ciudad, de toda su gente, y de cómo la vida ahí define la condición tan microscópica de su vida y de todos; de el edificio, de la gente loca y enferma; de cuando lo asaltaron y le apuntaron en la cabeza, con una ballesta, a su padre; de la burla que le hacían porque su hermano mayor lo defendía y de cómo se enojaba con él por eso, de que se arrepiente; de cuando lo tenían en el piso, también, de cuando lo tenían contra una de las bancas, de cuando le bajaron el pantalón enfrente de sus compañeras y de cómo éstas se burlaron; del temblor del ’85, de cómo nunca vio a un compañero de escuela fuera de ésta; de el pequeño criminal en potencia que lo derribó en el parque jugando tochito, de los apodos que le pusieron, del balonazo que le rompió el tabique de la nariz; de cómo quería crecer, de cómo esperaba pacientemente y cómo todo ese tiempo fue desperdiciado; de cómo odiaba su cabello y su peinado; de su añoranza por ir a una fiesta y los años que pasaron así, sin ir; de su carácter proverbialmente apacible, de su timidez, de su introversión, de su miedo, de su insignificancia; de sus dientes chuecos; de sus ojos, ligeramente, asimétricos; de sus barros, de su nariz grande y desviada, de su barba rala, de su cuello corto, de sus brazos de mujer, de sus manos débiles (como de pianista), de su pecho escuálido y las imperfecciones en él, de su panza, y la falta de músculo marcado; de sus nalgas, o la falta de éstas y sus piernas flacas; de la vergüenza de ir a una alberca y tener que usar traje de baño, de su miedo al contestar el teléfono, de su temor de hablar con cualquier persona, de preguntar lo que fuese; de su primera borrachera, de su primer cigarro, de su primer beso, de su primera novia, de su primera relación sexual; de cómo cambió su personalidad y cómo ahora le gusta que le digan raro; de la noche en que la conoció, de su estatura, de la forma de su cuerpo, de la forma de su cabeza, cabello, ojos (verdes), labios, pómulos, de la definición de su quijada, cuello, del tamaño y figura de su tórax, de sus desas y las otras, de su cintura y cadera, de la esbeltez y forma de sus piernas, del color de piel, de su voz; de su personalidad, de su sensibilidad y sensualidad; de su canción favorita, del nombre de su hermana y prima, del de su ex novio también, de cuando la besó por primera vez, de cuando la abrazó por primera vez, de su olor; de la sensación de las feromonas y endorfinas; de sus pláticas, de su risa y de cómo la hacía reír; de cómo nunca pensó que lo pelara; de sus sueños, de sus momentos compartidos; de su voluntad y compromiso de (concentrarse en) cuidarla, respetarla y conocerla; de lo mucho que le fascina y excita: se acordó que se la están llevando.
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Se incorpora lentamente, a dos cuadras, ve que se detienen bajo el semáforo y deja de llorar. Es difícil saber si en realidad todo va más despacio o es él quién percibe todo en cámara lenta. Está erguido, con el pecho salido, los pies firmes en el pavimento y todos los músculos contraídos. Baja lentamente la cabeza mientras se le agrandan los ojos al enfocar el automóvil.
En fracciones de segundo, empieza a analizar la ruta desde su posición (axioma: la recta, siempre es la más corta; recuerda) a la del carro. El rojo se acaba de poner y un montón de gente camina rápidamente aproximándosele. Los coches estacionados están muy cerca entre ellos, no dejan mucho espacio para cruzarlos y en la calle los autos se van apilando frente al semáforo. Un policía se le acerca amenazante al verlo sospechoso; porque toda la gente se le queda viendo por lo sucedido. Ve un perro y está seguro de que éste lo va a perseguir en cuanto corra tras los cabrones (perdón escribí la palabra con “C”). Desde el interior del carro uno voltea, lo ve (mientras sigue amenazando con desarmarla) y luego voltea a ver al policía. También, observa que el piloto espejea y voltea, como pajarito, para poder pasarse el alto. La ve asustada, mirándolo fijamente y no puede escuchar sus gritos.
No en pocas ocasiones quiso sentir las miradas de los "inocenetes" (?) al verse envuelto en una persecución; saltar sobre carros estacionados, y parados por el tráfico, aventar gente, correr hacia el auto -de los hijos de la chingada que lo humillaron-, alcanzarlo, romper un vidrio con el puño, o de preferencia con el codo o la rodilla; sacar a uno, tomarlo por la cabeza, enterrarle los pulgares en los ojos, llenarse de sangre y al voltear ahuyentar al otro.
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