Joplin
Me late Janis... Janis Xenakis
- ¿Oye tío, y los alemanes comen judias?
No me acuerdo si fue Juan Carlos Onetti o Juan Carlos Oñate el que dijo:
"[...] siempre, en una relación amorosa hay por lo menos uno que es sordo, en el sentido de la comunicación. Generalmente son los dos".
Y no recuerdo si fue Juan Carlos Onetti o Juan Carlos Oñate el que dijo:
“Ya, que se encuere”.
SUS HISTORIAS SON, en general, tristes; amén de melancólicas y amargas; la de hoy no es excepción. Le gustaría tener otro tipo de historias, pero a Carla Reé no le queda mas que soñar; sus historias verídicas la deprimen.
Hace dos años, exactamente, Jacinto estaba en Europa; en algún lugar peregrino como Copenhague o ¿Ámsterdam o Berlín? Jacinto, ya había viajado mucho; Carla, casi nada. Según Jacinto, Europa no era la misma sin ella; Carla, no había ido más que una sola vez a estados unidos. Jacinto le había estado enviando tarjetas postales desde los lugares que visitaba; pero Carla no las recibiría sino hasta meses después, cuando la relación con Jacinto fuera inexistente.
Cuando Jacinto regresó le contó como había pasado el año nuevo. Le contó que en la ciudad de Quien-Sabe-en-Donde –en pleno hervor turístico-, la gente se junta en la plaza, antes de la media noche hacen su respectivo conteo regresivo, e inmediatamente empieza un waltz (fue música de Bach pero el no tenía ni puta idea) y todos bailan… todos. A Jacinto lo sacó a bailar una rubia; esto se lo dijo después de, locuazmente, contarle que toda la gente de ahí es alta y rubia y guapísima. Carla elucubró la plaza, con todos sus adornos, irisada con luces; la noche gélida; la música traída por la brisa nocturna, en sordina, inmaterial y soñada, que creaba una especie de cúpula que envolvía la plaza con todo lo que en éste había: gente espectral. Fue la fiesta de año nuevo perfecta para cualquier músico, escritora o lectora solitaria.
Ahora, Carla sabe que Jacinto, en uno de sus últimos viajes a Europa, estuvo viviendo en X, trabajaba en Y; pero fue en Z en donde embarazó a su amante. Jacinto se casó y ya tiene una nueva familia con quien pasar más noches viejas en lugares nada inhóspitos. Mientras, Carla se tiene que conformar con tomar ponche, cenar pozole, salir al segundo patio; ver los fuegos artificiales –que semejan estrellas fugaces- de San Charcos, escuchar, por encima del griterío generalizado, los balazos, rancheras, bachata, salsa y reguetón; comer tamales (eso sí, buenísimos), tomar atole de zitún, sentarse en una fría silla de metal junto a su mamá para escucharla (mas bien puro argot e interjecciones) chismear con las demás vecinas, ver a su papá agarrar una pea de campeonato y mirar lujuriosamente a las demás mujeres; y sobretodo, tiene que ver como todos (en especial todas) están acostumbrados. Todos bailan… todos.
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La Hermosa ciudad Colonia del Valle (Av., Insurgentes Sur esquina con Félix Cuevas):
Salen del cajero automático al lado del banco. Es un día cargado de luz que irradia vida. Los andantes disponen de las banquetas; por descontado apresurados como siempre, y los carros van raudos por las calles de México, que se suceden una tras otra, deteniéndose en el señalamiento de la esquina y continuando. Salen distraídos y felices por alguna estupidez que él le habrá dicho. Se está carcajeando y ella a punto de; se abrazan y caminan juntos rumbo al Parque Hundido.
En ese momento el automóvil, un vetusto Valiant negro, frena junto a ellos asustándolos por el rechinido de las llantas. La abraza, la aparta, y se quedan estáticos sintiendo el sabor a hierro en la boca y la adrenalina en el estomago. Esperan a ver si los del carro entran, y asaltan el banco o hacen otra cosa. Quieren irse, pero se quedan.
Los hombres se aproximan, y se aterra porque ella está ahí, no tanto porque le fueran a robar; pero no hace nada, se queda parado, viendo como se les acercan, mientras ella, aun estoica, se esconde tras de él oprimiéndole la mano. Él espera a escuchar que le digan algo; pero en lugar de eso uno de los hombres, poco más alto que él y más fornido, lo tumba de un golpe en la boca del estomago. La falta de aire lo incapacita, pero es muchísimo más dolorosa esa frustración de impotencia al no poder defenderla.
El otro (asiendo un desarmador) la toma del brazo. No forcejea mucho, pero grita su nombre para que vaya a defenderla y llora. Sigue implorando y empalidece como si se fuera a desmayar. Escuchando sus lamentos ininteligibles, sigue tirado en el piso, se revuelca y al ver que se la llevan empieza a derramar lágrimas porque no se puede ni arrastrar. Una mueca de dolor se instala en su rostro cómo si lo hubieran apuñalado; pero no grita, es incapaz siquiera de gemir, se ha vuelto mudo. Nunca se había sentido en esa especie de purgatorio indefinido.
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Le gusta ir en la parte de atrás del carro. Se relaja, observa todo con melancolía y se imagina que se ve como en una película; incluso escucha su soundtrack. Lleva sus audífonos porque la música lo hace ver las cosas de distinta manera y viceversa. De vez en cuando observa a alguien que le provoca “pintarle dedo”; pero muchas veces advirtió que, de haberlo hecho, lo hubieran podido alcanzar en el alto del semáforo enseguida. Otras veces fue la víctima cuando algún carro pasaba, y alguien desde adentro le gritaba o aventaba algo. Entonces, él observaba como se detenían a pocos metros por el semáforo y pensaba: “Si corro lo alcanzo… fácil”; pero no tenía caso, eran varios, él no era violento y nunca se había peleado.
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Se acuerda de su ineludible niñez; de la primer niña que le gustó, y como le lloraba en las noches porque ella era más grande, y él un perdedor (ante todos los demás y en ese tiempo para el mismo también), de sus pensamientos suicidas, de su soledad y de cómo odió su infancia; de la ciudad, de toda su gente, y de cómo la vida ahí define la condición tan microscópica de su vida y de todos; de el edificio, de la gente loca y enferma; de cuando lo asaltaron y le apuntaron en la cabeza, con una ballesta, a su padre; de la burla que le hacían porque su hermano mayor lo defendía y de cómo se enojaba con él por eso, de que se arrepiente; de cuando lo tenían en el piso, también, de cuando lo tenían contra una de las bancas, de cuando le bajaron el pantalón enfrente de sus compañeras y de cómo éstas se burlaron; del temblor del ’85, de cómo nunca vio a un compañero de escuela fuera de ésta; de el pequeño criminal en potencia que lo derribó en el parque jugando tochito, de los apodos que le pusieron, del balonazo que le rompió el tabique de la nariz; de cómo quería crecer, de cómo esperaba pacientemente y cómo todo ese tiempo fue desperdiciado; de cómo odiaba su cabello y su peinado; de su añoranza por ir a una fiesta y los años que pasaron así, sin ir; de su carácter proverbialmente apacible, de su timidez, de su introversión, de su miedo, de su insignificancia; de sus dientes chuecos; de sus ojos, ligeramente, asimétricos; de sus barros, de su nariz grande y desviada, de su barba rala, de su cuello corto, de sus brazos de mujer, de sus manos débiles (como de pianista), de su pecho escuálido y las imperfecciones en él, de su panza, y la falta de músculo marcado; de sus nalgas, o la falta de éstas y sus piernas flacas; de la vergüenza de ir a una alberca y tener que usar traje de baño, de su miedo al contestar el teléfono, de su temor de hablar con cualquier persona, de preguntar lo que fuese; de su primera borrachera, de su primer cigarro, de su primer beso, de su primera novia, de su primera relación sexual; de cómo cambió su personalidad y cómo ahora le gusta que le digan raro; de la noche en que la conoció, de su estatura, de la forma de su cuerpo, de la forma de su cabeza, cabello, ojos (verdes), labios, pómulos, de la definición de su quijada, cuello, del tamaño y figura de su tórax, de sus desas y las otras, de su cintura y cadera, de la esbeltez y forma de sus piernas, del color de piel, de su voz; de su personalidad, de su sensibilidad y sensualidad; de su canción favorita, del nombre de su hermana y prima, del de su ex novio también, de cuando la besó por primera vez, de cuando la abrazó por primera vez, de su olor; de la sensación de las feromonas y endorfinas; de sus pláticas, de su risa y de cómo la hacía reír; de cómo nunca pensó que lo pelara; de sus sueños, de sus momentos compartidos; de su voluntad y compromiso de (concentrarse en) cuidarla, respetarla y conocerla; de lo mucho que le fascina y excita: se acordó que se la están llevando.
4
Se incorpora lentamente, a dos cuadras, ve que se detienen bajo el semáforo y deja de llorar. Es difícil saber si en realidad todo va más despacio o es él quién percibe todo en cámara lenta. Está erguido, con el pecho salido, los pies firmes en el pavimento y todos los músculos contraídos. Baja lentamente la cabeza mientras se le agrandan los ojos al enfocar el automóvil.
En fracciones de segundo, empieza a analizar la ruta desde su posición (axioma: la recta, siempre es la más corta; recuerda) a la del carro. El rojo se acaba de poner y un montón de gente camina rápidamente aproximándosele. Los coches estacionados están muy cerca entre ellos, no dejan mucho espacio para cruzarlos y en la calle los autos se van apilando frente al semáforo. Un policía se le acerca amenazante al verlo sospechoso; porque toda la gente se le queda viendo por lo sucedido. Ve un perro y está seguro de que éste lo va a perseguir en cuanto corra tras los cabrones (perdón escribí la palabra con “C”). Desde el interior del carro uno voltea, lo ve (mientras sigue amenazando con desarmarla) y luego voltea a ver al policía. También, observa que el piloto espejea y voltea, como pajarito, para poder pasarse el alto. La ve asustada, mirándolo fijamente y no puede escuchar sus gritos.
No en pocas ocasiones quiso sentir las miradas de los "inocenetes" (?) al verse envuelto en una persecución; saltar sobre carros estacionados, y parados por el tráfico, aventar gente, correr hacia el auto -de los hijos de la chingada que lo humillaron-, alcanzarlo, romper un vidrio con el puño, o de preferencia con el codo o la rodilla; sacar a uno, tomarlo por la cabeza, enterrarle los pulgares en los ojos, llenarse de sangre y al voltear ahuyentar al otro.
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Ya casi es la media noche y muchos no saben porque están reunidos tan tarde. Ignasi, Parrilla y Andoni, como muchos otros, no tienen ni idea, Xavi sí. Ya casi es la media noche y cuando alguno se atragante con las uvas Xavi se va a reír y probablemente va a provocar la risa involuntaria de algún otro. Por ejemplo, el Niño Andoni al verlo carcajeándose, seguro se va a orinar de la risa. Pero tal vez no, tal vez todos guarden luto. Xavi, por su parte, quisiera olvidar éste día… éste y muchos otros. En cambio el garrote de Xavi está todo adornado, tiene puesto su gorro rojo y bola blanca, trenzas y barba blanca perfectamente hechas. Los ojos son grandes y verdes como los de Xavi, grandes como asustado o queriendo asustar, como los de Xavi. De su garrote sale un globo de diálogo que reza: Feliz Navidad y de fondo un pino sobre tierra y nieve. El garrote está muy bien hecho, como casi todo lo que hace Xavi, incluso matar.
Ya casi es media noche y Xavi se acuerda de uno de sus primeros días como éste, cuándo le regalaron un balón de futbol. Xavi se acordó de esa frase tan estadounidense que le dicen a los niños, sobre todo a los tímidos o débiles: El balón es tu amigo, repítelo: El balón es mi amigo. A Xavi, eso ahora, (y tal vez desde entonces) le parece una idiotez. Cuando el balón le dio por primera vez en la cara y quiso dejar de jugar, recuerda que su padre, tal vez demasiado agringado, le dijo lo mismo. Xavi voltea a ver a su amigo el garrote vestido para la ocasión. Amigo garrote o amigo periódico El País enrollado, más los suplementos de los domingos: ambos tienen un sonido terapéutico (agradable) parecido al de al colisionarse contra el cuerpo de alguien, por ejemplo el de Xavi (onomatopeyas: plaz, plaz, plaz). A Xavi se le hace curioso ver como todo empezó con El País, todo sigue en El País (con remordimiento) y todo va a terminar en el país: España; una España que Xavi no conoce.
Es domingo (pero ya no hay suplementos) y ya es casi media noche, desde la cocina Xavi huele el pavo y escucha los trastes hacer un cric, cric, cric y después un trac. Se acuerda de aquel día y ve sus manos ahorcando. Alguien le dice: ¿Qué tienes? ¿Qué tienes? ¿Te sientes bien? ¿Te sientes bien? Xavi sólo mueve la cabeza. ¿Sabes por qué estamos aquí? ¿Sabes por qué estamos aquí?; le preguntan a Xavi. ¿Te refieres a hoy a estas horas? O en general qué hacemos aquí; contestó Xavi. Hoy, hoy; escuchó Xavi. A vaya, ya te iba a decir que si estabas loco o qué; dijo Xavi esbozando una sonrisa.
Iban Roberto, Ángela, Juan, Ruiz, Boris e Iván y vienen por el desierto. De golpe Roberto se queda viendo al suelo, taciturno. Ángela sigue caminando. Juan lo ve y se asusta, piensa que puede ser un alacrán, una serpiente, un ciempiés o algo por el estilo. Ruiz ve a Juan, ve que está observando a Roberto y lo voltea a ver. Boris ve a Roberto y le pregunta ¡Qué?. Iván sigue caminando. Roberto y su mirada fija en unas plantas dijo Ángela cuando se percató. Boris vio unas bolas, unos musgotes, mohosotes, plantas, hierbas. Juan había leído al respecto e intuía ya lo que eran. Ruiz, veía lo que Roberto sin comprender totalmente todavía e Iván seguía caminando. Ángela peló los ojos, abrió la boca y sorprendida exclamó: ¡Lafofora güilasmi!, Roberto puso cara de “no mames”, hasta entonces desprendió la mirada, vio a Ángela y le dijo Así no se llaman. Pero me entendiste buey, le dijo ella. Iván seguía caminando.
- Juan: ¿De qué trata tu
post-parágrafo? ¿Sobre los “cactos” verdad? ¿Experiencia propia o
qué?
- Roberto: No, sólo que
hoy me dieron ganas de probarlo. Aunque la verdad, siento que con mi estado de
ánimo me daría un mal viajezote. A la vez no me gustaría probarlo así pero dudo
que haya otra forma (sinceramente por eso me dieron ganas). No creo tener una
personalidad autodestructiva, pero algo me hace querer aventarme. Pero no lo
haría todavía. No como un amigo o “amigo” que tenemos en común que me dijo una
vez: ...sí, me gusta jugar con fuego sin quemarme. Pensé y sigo pensando que es
un ______, pero obvio no se lo dije, sólo le escribí un “Orale, ja ja ja”.
Yo no soy supersticioso y sí muy escéptico. Pero esas pocas cosas en las que creo significan mucho o todo para mí. La música es una de ellas; una canción es mi neutrón que escucho y ya se multiplica en millones de sinapsis que a veces lleven un solo mensaje subliminal: te sientes menos peor. Esa es verdadera hipnosis. Esa partícula que tomo no le hace daño a la música ni a nadie, yo sólo la guardo en una bolisita, me la cuelgo del cuello y me la meto en la camisa; sólo a mí me hace un isótopo con mejor suerte.
Yo también tengo canciones, himnos de guerra, composiciones, poemas (MUY pocos aun desgraciadamente), melodías, que me resguardan de la muerte, pero yo estoy muy lejos de perecer ciegamente caminando hacia el abismo en donde mueren los poetas, quedando sus voces cantando el réquiem. A mí, al menos ahora, me queda observar y afrontar desnudo la muerte de los demás, que sí son poetas, pero no sé quien está incluido, ¿son los poetas viejos y los periodistas mediocres? ¿Serán los poetas jóvenes? ¿Serán todos? ¿Y sí será un crimen? Porque, tal vez, el autor sabía sobre la muerte a la que él, los otros o todos se acercaban felizmente cantando, pero ¿no hizo nada al respecto? O tal vez hizo mucho (muchísimo por mí) y ¿él es el asesino? No sé, de todas formas nacer ya es un crimen; divino para unos, “él más dulce” para otros. Ahí está Bolaño: muerto...
Hay katanas como las de Kill Bill forjadas con la mejor aleación de metal y por el mejor herrero; cigarros como los Cohiba hechos con la mejor mezcla de tabacos; bourbon como el Jack Daniels, destilado con las mejores mezclas de malta; y está lo mejor de ambos mundos: la poesía, que es la música y la literatura. Pero, si iban los poetas cantando, ¿por qué sólo Auxilio pudo salir orgullosa del baño, sin pedir socorro? ¿La música será la ilusión de un talismán? Pero más que interrogaciones el ideario ahí contenido crea conciencia. Vivir ya no es sólo una historia de terror, ya es un thriller.
Lo menos que puedo hacer por ustedes y por el libro es recomendárselos y decir que es célebre. Es una actualización básica para el buen funcionamiento de los detectives; sin ésta funciona pero con ésta funciona mejor.
“...la Guerrero, a esa hora, se parece sobre todas las cosas a un cementerio, pero
no a un cementerio de 1974,
ni a un cementerio de 1968,
ni a un cementerio de 1975, sino a
un cementerio del año 2666...”